17.6.10

Cortazar mamey/ Estocolmo de Juárez Mayo de 2010


Estocolmo de Juárez a 28 de mayo de 2010

Querida Glenda:

Le escribo una carta por que se me da mal eso de posar tigres. Disculpe mis despistes, es bastante tarde y las mancuspias están persiguiendo ratoncitos blancos mientras intento esta carta y otra carta que tengo pendiente a una señorita de Paris.

Mire usted Glenda, vaya a saber cómo podrá acabar algo que ni siquiera tiene principio, que se da en mitad y que cesa sin contorno preciso… creo que me pierdo una vez más en la noche boca arriba, mientras a lo lejos, se anuncia el irrefutable fulgor de todos los fuegos, el fuego.
Dicen que Julio se fue. Dicen, se fue siguiendo a su Osita, haciendo stop en cada rincón de la autopista de la memoria. Otros dicen que está coleccionando hojas de álamos y bebiendo nescafé mientras oye a Bessie Smith. Dicen que se fue antes que quedaran en el desuso los fonógrafos y todas las sombrillas funcionaran bien. Otros lo han visto administrar una oficina de correos con un escuadrón de cisnes.
Pero no, Julio no se ha ido, anda por aquí, por allá. Por eso, camino pensando que un día cualquiera me toparé con él en una esquina desolada, mientras deja que el azar lo tome de la mano y lo conduzca. Mmm, Tal vez sea mejor dejar de buscarlo y ponerme a recorrer por debajo los puentes, amar a los gatos y caminar acariciando tortugas. Tal vez no sea nada, tal vez sólo sea el crepúsculo.
Mire Glenda que uno nunca sabe nada, para eso un ejemplo: imagine que a mitad de la tarea de ablandar el ladrillo de un día cualquiera, alguien va y le regala un libro de Julio. Esto porque usted tiene familiares y amigos que son buena gente que se deja embaucar por los escaparates floridos de primavera y las infinitas hojas de tinta otoñal. Además que tienen un título que no comprenden. Lo ven y piensan que ese libro está hecho a su medida, como un diminuto guante de boxeo para la hormiga atómica.
Y no es que sea malo que le regalen a uno libros de Julio, pero sucede que a uno no sólo le están regalando un pozo de espejos. No, y esto es lo terrible, le regalan una colección inconclusa de pequeñas bestias, un juego que al final descubre el secreto de las armas, un fuego de forma octaédrica. Bien, ya que lo reciba agradeciendo de antemano el buen gusto, no le quedará mas que colocar el libro en la mejor estantería de su casa, para que todos vean que tiene un libro de Cortazar, o al menos para que vean que tiene un libro. Leerlo, eso ya es otra cosa, porque antes que nada tendría que leer las instrucciones
¿Y si no vienen las instrucciones con su libro? no se apure, casualmente yo tengo unas que me sobran.
Segunda Sí, ya sé que nos hemos saltado la primera, pero esa instrucción, a pesar de ser la más madrugadora, suele ser la más inútil. Retomando, arranque unas hojas del libro y lléveselas a pasear, de preferencia déjelas olvidas en el transporte público para que otro mas las tomé y las lea, y se baje con ellas y después las dejé olvidadas en una banca, y así hasta que se conviertan en el estuche de unas frescas lechugas.
Octava
No, no empiece con esa maldita obsesión por el orden, déjese llevar. En caso de llevarse el libro a la oficina, tenga mucho cuidado de no dejarlo sobre la mesa. No es por el qué dirán, ya que ellos siempre tienen algo que decir. Recuerde que los compañeros de trabajo son muy propensos a los accidentes y no hay que preocuparlos con libro que enseñan como se rasga la cortina de la cotidianeidad, y menos a enseñarles como conducirse en los velorios.

Quinta y definitiva
Deje ya de leer las instrucciones, caramba, porque en realidad, es a usted a la que ofrecen en homenaje a la nueva edición del dichoso libro. Mejor vaya haciéndose a la idea de que el ladrillo se ha convertido en esa masa pegajosa que se proclama como mundo. Ande. Váyase a correr por las calles, no vaya a ser que la alcancen un sinnúmero de letritas, Times, en cuerpo diez, con sus tacones y sus tildes, todas brincando.
Mire, mejor no lea nada. Ya previó Julio que algún día nos encontraríamos todos aquí, en este mándala. Tras una cortina de humo, nos observa perseguir algo. Un camino o los caminos que se abren tras una frase, una mirada, un gesto con la mano, un absurdo e inquietante trayecto que acabará quien sabe donde.
Quisiera seguir contándole más, pero debo irme, debo de darle la vuelta al día en ochenta mundos, se me hace tarde, siempre es tarde.
Siempre suyo

Charlie a secas.
P.D.: Sin embargo el puente se ha cruzado. No hay puente, dirá él, sino un hombre cruzando un puente. Todas las gracias, las gracias.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

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